Marco Antonio
Albanés Santana
AMOR LEJANO
Déjate transformar por este viaje llamado vida
Rodrigo es un astrónomo de cuarenta años de edad recién llegado a la ciudad de Querétaro para trabajar en la universidad. Decide ir a una velada astronómica en el Espolón, cuya cima está a 3 200 m de altura, en la Reserva de la Biosfera Sierra Gorda.
En la noche, al bajar al pueblo, se descompone la camioneta, por lo que él y los siete pasajeros deben caminar por la brecha durante media hora. Rodrigo se retrasa un poco y toma otra vereda, con lo que se interna en el bosque. Ciento cincuenta días después, despierta a las 6:00 a. m. en un camino de terracería y su último recuerdo es haber visto a siete mujeres. Camina hasta una casa para pedir ayuda y ahí se entera de que ha estado desaparecido.
© 2021
© 2021
Marco Antonio Albanés Santana
Fundador y vocal de la asociación civil de la Escuela de Contabilidad y Administración Pública Leona Vicario, miembro de la Sociedad Astronómica de México, jubilado de Petróleos Mexicanos —donde fue coordinador de Control de Gestión de la Dirección General—, es ingeniero en Electrónica por el Instituto Politécnico Nacional con un diplomado en Finanzas. Fue asesor de la dirección de informática del Instituto de Educación Media Superior de la Ciudad de México y profesor de Informática y Sistemas en Pemex, el IEMS y la ECAP. Cuenta en su haber con una trayectoria como consultor informático y el control del proyecto de construcción de la planta San Juan de la cooperativa Pascual.
Contáctame
Escríbeme
Sígueme en redes
AMOR LEJANO
Rodrigo es un astrónomo de cuarenta años de edad recién llegado a la ciudad de Querétaro para trabajar en la universidad. Decide ir a una velada astronómica en el Espolón, cuya cima está a 3 200 m de altura, en la Reserva de la Biosfera Sierra Gorda.
En la noche, al bajar al pueblo, se descompone la camioneta, por lo que él y los siete pasajeros deben caminar por la brecha durante media hora. Rodrigo se retrasa un poco y toma otra vereda, con lo que se interna en el bosque. Ciento cincuenta días después, despierta a las 6:00 a. m. en un camino de terracería y su último recuerdo es haber visto a siete mujeres. Camina hasta una casa para pedir ayuda y ahí se entera de que ha estado desaparecido.
AMOR LEJANO
Capítulo 1
Capítulo I Rodrigo aparece en el bosque después de ciento cincuenta días de haber desaparecido
El 18 de julio de 2023, Rodrigo abre los ojos y lo que ve es el cielo y una espesa neblina que llega hasta donde está. Nota que está recostado bocarriba sobre el pasto en un claro del bosque. Gira la cabeza a la izquierda y luego a la derecha, y en ambos sentidos puede ver las copas de los altos árboles y pinos alrededor. Calcula que se encuentran a unos cien metros de su posición; se vuelve para tratar de ubicarse y así establecer dónde está. Mira hacia el cielo y contempla cómo la espesa neblina desciende por una pendiente suave hacia el sur sobre el bosque. El ambiente es frío y húmedo; percibe los trinos, chirridos y silbidos de los pájaros que inician su actividad al amanecer, así como el suave murmullo del viento del norte que sopla sobre las copas de los árboles.
Acerca la mano izquierda a los ojos para ver las manecillas del reloj de pulso; marca las 6:00 a. m. Revisa su celular y se percata de que está apagado. Trata de encenderlo, pero no funciona; observa el anuncio de «batería baja», por lo que lo apaga. Respira hondo y se apoya en el brazo derecho, gira el cuerpo hacia ese lado, recoge un poco las piernas y coloca la rodilla en el suelo mientras continúa girando la pierna izquierda a fin de colocar la otra articulación también en el piso, al tiempo que presiona la mano izquierda en el pasto del camino pedregoso. Se impulsa para ponerse de pie y nota que está un poco entumido; supone que se debe a la baja temperatura ambiental.
Desde esta perspectiva, puede ver que, efectivamente, se encuentra en un claro del bosque. También distingue dos senderos: uno que viene de la parte alta de la montaña en dirección norte y otro que va hacia el sur a unos cincuenta metros más adelante. Empieza a recordar fragmentos de la noche anterior: la velada astronómica que se llevó a cabo el sábado; por lo tanto, concluye que hoy es domingo. Mientras se pierde en esos pensamientos, fija la vista en el suelo y allí está su lámpara, además de la bolsa negra donde llevaba algunas cosas; al abrirla encuentra los binoculares. Palpa su cartera y algunas monedas en el pantalón, también las llaves de su automóvil y de su casa.
Trata de sacar alguna conclusión lógica de por qué está ahí; supone que, durante el descenso, pudo haberse resbalado con las piedras de mármol sueltas en el camino. Al caer, quizás se golpeó la cabeza y perdió el conocimiento, aunque no le duele la zona, no siente ningún chichón ni le duele el cuerpo.
Tiene en la mente algunas imágenes, por momentos muy vívidas, de su último sueño: se ve entrando a un ovni, guiado y rodeado por siete mujeres alienígenas de apariencia humana y muy hermosas. También recuerda que esto sucedió en medio de un claro y que la noche era muy oscura. «Mira qué casualidad, soñar que me encuentro con siete mujeres alienígenas hermosas en medio del bosque y estar a solas con ellas. Se me hace que ya necesito tener novia otra vez», piensa.
Se estira un momento, recoge sus cosas, mira hacia los cuatro puntos cardinales y verifica que solo hay un sendero, por lo que decide empezar a caminar hacia abajo con la convicción de que será cuestión de minutos para que empiece a ver alguna casa o población en la que pueda pedir ayuda.
Cuando Rodrigo revisa su reloj, ya son las 6:45 a. m. y aún no ve poblado alguno. Lo que sí percibe es que el camino vecinal va rodeando la montaña. Luego de quince minutos más, descubre una casa y se dirige hacia allá. Llega hasta la cerca de mármol con una pequeña puerta de madera que divide la casa del camino y grita para llamar la atención.
—¡Hola, buenos días! ¿Hay alguien que me ayude?
Como respuesta, oye el ladrido de dos perros a los que debió de haber alarmado, porque se acercan corriendo y ladrando hacia donde está. «Lo bueno es que hay una cerca de por medio», reflexiona para sí. Unos instantes después, Rodrigo ve salir a un joven y dirigirse hacia donde se encuentra.
—¡Buenos días, joven! Disculpa la molestia, pero requiero ayuda… Estoy extraviado. Me separé en la madrugada de mi grupo de cincuenta personas con el que vine a pasar una velada astronómica ayer por la tarde.
—Buenos días, señor. Por favor, cálmese, lo veo muy alterado… Si es tan amable, ¿podría explicarme qué le sucedió?
—Verás, el día de ayer estuve en lo alto de la montaña el Espolón en una velada astronómica que terminó en la madrugada. Asistimos cincuenta, y luego de cenar, ocho de nosotros tuvimos que bajar caminando hacia Chavarrías porque se descompuso la camioneta en la que íbamos.
»Como a la una de la mañana, descendí con otras siete personas por el sendero en medio del bosque y, sin querer, me separé del grupo en algún momento y tomé un camino equivocado. Luego continué caminando más de treinta minutos en medio de la oscuridad de la noche y, aunque llevaba una linterna, es muy posible que me haya resbalado… Quizás me pegué en la cabeza contra el suelo.
»Hoy a las 6:00 a. m. me desperté y empecé a caminar para pedir ayuda y ver si encontraba algún modo de regresar a Querétaro o de llamarle a alguno de mis amigos…
—Sí, claro, señor, yo le ayudo. Dígame, ¿cuál es su nombre? Yo soy Fernando Gómez. En casos de emergencia como el suyo, tenemos un protocolo en el ejido: llamar por celular al comisario ejidal, que es nuestra máxima autoridad aquí, para que se encargue de coordinar la ayuda requerida. Repítame su nombre y la fecha de la visita astronómica que hizo, por favor.
—Mi nombre es Rodrigo Macedo García, soy astrónomo. La velada astronómica fue ayer sábado 18 de febrero; trabajo para la universidad y vivo en Zákia.
El joven le marca al comisario ejidal de Chavarrías y lo pone al tanto de manera breve:
—Hola, buenos días. Señor comisario, ¿es usted? Le habla Fernando Gómez, hijo de Hilario Gómez, de la casa que está pasando las cabañas recién construidas. Acaba de llegar y está frente a mí el señor Rodrigo Macedo García, el astrónomo que reportaron extraviado.
—Hola, Fernando. Sí, habla el comisario… ¿Estás seguro de que es él? Que te muestre su INE. Si me confirmas su identidad, voy a llamar a los miembros del comisariado.
—Señor Rodrigo, el comisario ejidal me pide saber si trae usted alguna identificación para que me la muestre, por favor. Voy a sacarle una foto sosteniendo su INE cerca del rostro.
—Sí, Fernando, permíteme… Mira, aquí está mi credencial de elector.
—Señor comisario, sí es él, no hay duda. Le acabo de mandar por WhatsApp una foto del señor sosteniendo su credencial de elector.
—Gracias, Fernando, estoy viendo su INE… Procura que Rodrigo esté cómodo, vamos para allá en unos minutos. Hasta luego.
Fernando guarda su celular y le pide a Rodrigo que pase la valla para esperar al comisario ejidal, y que no se preocupe por los perros, pues no le harán nada.
—Por favor, señor Rodrigo, pase por acá. Vamos a esperar al comisario aquí en este árbol, tardará unos diez minutos.
—Gracias, Fernando, muchas gracias. Escuché el comentario de que fui reportado como extraviado… Agradezco que sean tan eficientes, aunque hayan sido apenas unas siete horas en que no supieron de mí. Entiendo la actitud tan responsable del ejido en todo esto, pero debo decir que fue mi responsabilidad haberme separado del grupo.
—Mire, señor Rodrigo… nos tuvo muy preocupados, porque usted desapareció la madrugada del 19 de febrero y aparece hoy, martes 18 de julio. Han pasado ciento cincuenta días desde su desaparición…
—Pero… ¿qué dices Fernando? ¡Eso no puede ser! ¿Puedo ver la fecha en tu celular, por favor? Se le acabó la batería al mío.
—Claro, tenga mi teléfono, vea usted mismo la fecha. Yo hasta aquí le puedo decir, pues no sé nada más.
Cuando Rodrigo ve la carátula del celular, no hay duda sobre la fecha: es 18 de julio de 2023. Tiene la sensación de que se le va la sangre del cerebro a los pies, las piernas se le debilitan y se apoya en el árbol. Decide sentarse en el pasto. Realmente está muy confundido y alarmado. No entiende nada.
Los pensamientos de Rodrigo se suceden uno tras otro. Por su mente pasan las imágenes de la noche en que ascendió la montaña y del cielo estrellado, cuando bajaron a cenar, luego la camioneta que los iba a llevar al pueblo y se descompuso, cómo caminó por el espeso bosque… y luego, un negro total.
Recorre una y otra vez esas imágenes en su mente y no encuentra nada más que el recuerdo del frío y la noche estrellada; después, nada. Y de ahí hasta la mañana de hoy, ciento cincuenta días después. «¿Dónde carajos estuve todo ese tiempo? Sin duda, me habrían encontrado cuando mucho unos días después en un caso extremo…».


